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Ivan Illich, la universidad y el misterio del mal / I

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Iván Illich, la universidad y el misterio del mal / I
Javier Sicilia
[Texto leído por el escritor en Cuernavaca el 18 de marzo de 2004 durante la entrega por parte de la Universidad Autonoma del Estado de Morelos, Mexico (UAEM), del doctorado Honoris Causa post mortem a Ivan Illich.] Cuando Valentina Borremans y Jean Robert, de quien he aprendido invaluables lecciones, tuvieron la generosidad de invitarme a dar el discurso de recepción del doctorado Honoris Causa, que la Universidad Autónoma del Estado de Morelos otorga a Iván Illich, me preguntaba ¿que habría podido decir Iván si, de estar aun con nosotros, se encontrara sentado en el sitio que ahora tengo el honor de ocupar?; ¿qué habría podido decir este penetrante crí­tico de las instituciones, este arqueólogo de las certidumbres modernas, este Cazador de brujas, como algún dí­a se definió para señalar su dura tarea de cazar los enseres que embrujan a las mentes modernas con 'axiomas' que fundan una visión ontológica que nadie cuestiona, y cuyo pensamiento, por su hondura y por la diversidad de temas de los que se ocupó, parece incapturable? ¿Qué podrí­a decir dentro de un recinto universitario -y con esto doy un ejemplo de la cacería emprendida por Iván Illich- este hombre que en su libro La sociedad desescolarizada puso al desnudo el prejuicio moderno según el cual los hombres y las mujeres son incapaces de aprender cualquier cosa a menos que se les someta a proceso de educación certificada, 'axioma' que ha permitido construir instituciones, como en la que ahora nos encontramos, que día con día proliferan y que en su totalitarismo le arranca a los seres humanos su libertad para el aprendizaje autónomo y su capacidad creativa?
En este sentido y a manera de ilustración de lo que en 'La sociedad desescolarizada' se analiza etológicamente, es decir, como una descripción de los comportamientos, quisiera parafrasear una carta, por desgracia desaparecida, que el propio Illich escribió a su maestro Hugo de San Vi­ctor. La carta intenta describirle a ese hombre del siglo XII, que no conoció la escolarización, lo que era una escuela moderna: 'Imagine, querido maestro -rezaba más o menos el argumento- un cuarto de 2 metros 30 de altura por 10 de fondo y 5 de ancho en donde obligatoriamente se encierra a grupos de seres humanos. Ahí­, durante tiempos de cincuenta minutos, que se repiten varias veces al día, escuchan a alguien decir cosas. Al final de un año de esta disciplina se les evalúa y se les entrega un vale para que continúen en el mismo proceso durante otro año. Se les dice que con esto podrán escapar de la ignorancia y la pobreza.
Mientras me preguntaba estas cosas y recordaba aquella carta, otra pregunta, no menos inquietante, me asaltó: ¿No era una contradicción que una institución universitaria, que en su proceso de desarrollo genera esa escolarización que Illich describió y desenmascaró en La sociedad desescolarizada, le otorgara ahora un doctorado y que nosotros, sus amigos, lo recibiéramos en su nombre? Aparentemente sí. Sin embargo, sería no haber entendido nada de su pensamiento si, con categorías ideológicas, quisiéramos ver en Iván a un hombre que despreciaba a la Universidad.
Hay que decir que Illich fue un hombre que desempeñó gran parte de su tarea de historiador y arqueólogo de las certidumbre en recintos universitarios. Era un hombre consciente de que nacía con la tradición libresca de la universidad: [...] un bibliófilo de carne y hueso, que piensa bibliologicamente, que vivía bibliotropicamente y cuyas representaciones son bibliónomas.  Su crítica, en este sentido, 

 

no se dirigía a la universidad en sí­, sino a la manera en que esa institución, que nació en el siglo XIII con un conjunto de reformas técnicas que permitirían la aparición del libro, que se desprendió de los colegios de monásticos y su lectio divina, y que

instrumentalizó la lectura oral, gestó la primera tecnologí­a que con el tiempo volvería a los

seres humanos dependientes de un poder heterónomo que usurparí­a sus capacidades autónomas.
Por lo tanto, la criítica que Illich hizo a la Universidad, no se dirigiría a su tradición de saber, sino a la manera en que ese saber, como sucedió al mandamiento cristiano de servitium -ponerse gratuitamente a disposición del otro- 

se ha ido corrompiendo día con dí­a.Al igual que lo que hoy llamamos 'servicios' , 

el motor fundamental de la economía, lo que hoy llamamos conocimiento es pura 

investigación financiada por la sociedad económica y sus grandes empresas. 

De ahí­ que Iván, cuando ejercía su trabajo en las universidades, buscara no hacerlo 

en las aulas, con criteriosde certificación y desarmando sobre los alumnos dóciles y 

pasivamente colocadosen bancas la información necesarias para adiestrarlos y 

domesticarlos en el servicio de la sociedad económica, sino al lado de su fuente 

fundamental: las bibliotecas, alrededor de mesas que, como en El banquete de Platón, 

estaban bien provistas de frente a los textos que se leían en voz alta y se discutían.

En este sentido, podría decir que su crítica a la universidad, al igual que a los grandes análisis etológicos que nos dejó de nuestra época, podrí­an resumirse en esa frase que Illich no dejó de repetir como un profundo leitmotiv: corruptio optimi quae est pesima ('La corrupcion de lo mejor es lo peor' ) o en palabras 

m­ás precisas: la corrupción de lo mejor es el mal; la desencarnación de lo real; la perversión, 

para referirnos a la Universidad, del saber que al volverse cada vez más abstracto ha terminado por ir haciendo del pensamiento una empresa venal que se vende al mejor postor para adquirir financiamiento y servir a los propósitos económicos. Por ello, no encuentro mejor forma de honrar el pensamiento de Illich en un ámbito universitario que reflexionar, con él y con sus conceptos, sobre la universidad y los peligros, que bajo el peso de la corrupción de lo mejor, corren el riesgo de pervertirla más.
A mí­ me parece que en el mundo de la reflexión contemporánea, el fetichismo que la universidad ha hecho de la ciencia se terminó cuando en los años noventa, Iván Illich pronuncio su conferencia para celebrar el vigésimo aniversario de la Universidad de Bremen: El texto y la Universidad: la idea y la historia de la institución única.
Soy de los que creen, como Illich, que hay conferencias que crean un parteaguas en el saber. Este parteaguas sólo puede nacer cuando lo que se dice ha adquirido una credibilidad pública que se consigue después de haber nadado mucho en contracorriente del mundo. Illich tuvo honestidad y valor de que su crí­tica de 'La sociedad desescolarizada', publicada en Mexico, en 1974, tuviera casi 20 años después su continuación en esa conferencia de Bremen y en 

un esplendido libro: En el viñedo del texto. Etologi­a de la lectura: un comentario al Didascalicon de Hugo de San Vi­ctor, publicado por el FCE en el año 2001. Los argumentos que ahí­ usa y que yo usaré también, son el testimonio de un hombre, y no de los menores; pero también un reto ineludible para quienes trabajamos y estudiamos en la Universidad. Despojarla de la reivindicación que de ella ha hecho la ciencia.
Illich, en este sentido ha hablado claro. En su opinión, la ciencia, de la que actualmente las Universidades se sienten dueñas, ha perdido en los últimos 50 años "sus razones para aspirar al respeto y la credibilidad [...] se ha convertido en un exhibicionismo administrado".
Hace 50 años todavía "se intentaba demostrar la cientificidad de la historia de las mujeres o de la ecología, a fin de conseguir que tuvieran su lugar en los planes de estudio". Hoy, sin embargo, todos lo sabemos, sólo existe un criterio 'para establecer la cientificidad de un proyecto: transformarse en investigación financiable. Hoy es científico cualquier proyecto que encuentre financiamiento', no importa si es basura, si sirve causas destructoras, si es contrario al saber, a la memoria, al sentido de la dignidad. Se trata única y exclusivamente de que sea financiable y pueda servir a la economía y a sus grandes empresas de servicio. Ésta es la razón de por qué las empresas económicas critican a la Universidad y presionan al gobierno para convertirla en un tecnológico. "Esta es la razón de la creciente demanda, en los edificios universitarios, de metros cuadrados para manipular genes, estampar chips o elaborar datos'"en computadoras, mientras las obras de Hipócrates, de Platón, de los escolásticos y de los poetas desparecen de los estantes de las bibliotecas. Esta es la razón de que la Facultad de Humanidades de nuestra Universidad no tenga siquiera un espacio propio y que los recursos para sus tareas -porque para la reflexión y la creación no existe financiamiento en la sociedad económica- empeoren día con día.
Las formas de pensar inspiradas en las teorí­as de los sistemas -nos ha enseñado Illich- han sepultado la posibilidad de búsquedas como las de la verdad, de la realidad o de la ética. Jugar con lo aleatorio y con lo arbitrario se ha vuelto lo mas importante, tanto en la teoría literaria posmoderna como en la informática y el periodismo.

Publicación: 28.03.2004

Last Updated on Thursday, 19 May 2016 21:27