LA MAGA: CUADERNOS NOTEBOOKS

AWAKEN TO THE DREAM - DESPIERTA A TUS SUEÑOS

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La noche que cambió mi idea del mundo.

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Texto sin fecha que data de principios de los ochenta y que se refiere sobre todo a una experiencia de mayo de 1965... La revisión del 21 de oct., 1998 ni añade ni quita gran cosa.]

Parodia cariñosamente dedicada a su inspirador. (Adivinen quién...)

Una trompeta defiende su soledad en el estéreo, bajo receta de Handel, y todo vuelve en nuestro ambiente a su justa medida. El silbido de la cafetera ni siquiera desentona, se hace parte de este ámbito confundiéndose en armonioso concierto con las vibraciones de la trompeta de Claude André y las de un órgano no exento de la casi inevitable lobreguez del órgano. Pero la trompeta asciende alegre, desenfadada, fluida como no lo será nunca mi pluma (mentira...). Los días escapan a las antiguas estaciones, a las manillas del reloj. He cambiado de país, he cambiado de marido, lo cual quiere decir que he cambiado de rutina, o que he vuelto a ella, de tanto echarla de menos... Será que, a pesar de todos aquellos cantos a la aventura, nunca logré escaparme de mi predilección por lo rutinario --que no sea mi vida en resumen sino una perenne busca de lo cómodamente previsible y que mi vagancia (de vagar, es decir, de esa forma de viajar que es también lo otro, la holgazanería) provenga del no haber encontrado una rutina bien avenida con una naturaleza como la mía: naturaleza que, soñando con raíces y con el regreso periódico de las estaciones, no puede evitar que la mirada acabe siempre por buscar sondar regiones limítrofes apartadas de lo cotidiano, de lo ya trillado.

Sin embargo, sé que al fin mi espíritu agradece el proyecto de un nuevo arraigo --de lo estacionario. Pero ahora el Concierto en C mayor para instrumentos diversos (con mandolinas) de mi entrañable e inagotable Vivaldi, a quien siempre recordaré tal cual lo describió Alejo Carpentier en su Concierto barroco --rodeado de sus muchachas del Ospedale della Pietà (¡qué Dios les tenga en la gloria por todo lo que de ella nos han ofrecido y siguen dándonos a conocer!) --ahora, ese concierto que tanto escuché en la casa de la calle Lowell, junto con las Cuatro Estaciones y a lo largo de todas ellas, durante los tres años de mi dorado cautiverio en ese precioso interregnum-- período de suspensión entre los dos rompimientos (¿nuevas ataduras?) que han sido la terminación de un “matrimonio” y el largo peregrinaje en busca de raíces truncas --rechazo además, y contundente, de cierto concepto de la maternidad, --vuelve a instalarme en aquel primer momento de mi liberación: liberación lograda tras un recogimiento casi total en la que alguna vez llamé la casa iocosa en honor de la Padua renacentista, allí donde me sumiera exaltada tanto en el estudio del neo-platonismo de aquella revuelta época intelectual como en la exploración de estados oníricos inusitados, del esoterismo de todos los tiempos, o sea, de un surrealismo extra--literario y en gran medida fuera de la historia sin dejar de ser paradigmático de la época, plenamente perteneciente a lo real-maravilloso americano que puebla el “reino de este mundo”. Hasta que se me ofrecerían, textualmente, “las llaves del reino” --de un reino que en última instancia desconoce las fronteras entre “los mundos” por hacerlas plenamente violables, franqueables, transparentes.

Este interregnum me pondría por un tiempo al margen de la historia sin dejar de sufrir gracias a ella. Sobre todo en un momento cuando nos encontramos de pronto con la nariz pegada contra la pared, toda reivindicación escatimada y subvertida: CO-0PTED por los mismos medios publicitarios que en algún instante quisieron darnos la victoria o que, por lo menos, nos dieron la gran ilusión de la victoria: ´68, ´68,´68. * (Relego al pie de la página digresiones pertinentes pero capaces de interrumpir el ritmo del fluir discursivo. Dice: “¡Qué mal tus hijos medimos nuestras fuerzas contra el genocidio entronizado en política de estado, aún dentro de la fortaleza misma del despiadado imperio”.)

Pero, aquel gran cambio --aquella liberación--como casi todo cambio profundo, había ido gestándose a lo largo de los años --o quizá fuera el producto, más que nada, de una tan “pascalina” [a lo Pascal] como cartesiana [a lo Descartes] noche de portentosas revelaciones, por no decir de ´´mescalina revolución´´, ya que esa vertiente supra o para-histórica del ser me vino a sacudir con sísmico estruendo una apacible velada de insospechados encuentros y confrontaciones con mi enconada conciencia mágicamente enardecida, como si dijéramos: destapada o, mejor aún, destupida, por aquella aparentemente nimia pasta marrón “como de ciruela pasa para el estreñimiento de la conciencia” cuya intolerable amargura Ulises (pues así se llamaba mi inolvidable compañero de “viaje”) había neutralizado mediante transparentes cápsulas de fácil ingestión.

Y, así fue que nos sentamos a esperar “la reacción”, instalados frente a las cósmicas pinceladas del japonés de San Francisco (el arquitecto, pintor y escultor Yamasaki) cuyo enorme abstracto cubría la pared central del modernísimo cubículo en blanco, acero y cristal al que Mies van der Rohe diabólicamente nos tenía condenados a todos los supuestamente dichosos residentes del modestamente célebre Lafayette Park (en una gran urbe de Michigan de cuyo nombre no quiero acordarme) --dos décadas más tarde único y suficiente ejemplo del “deterioro del lenguaje arquitectónico en el siglo veinte” ofrecido en su hermoso testamento contra la insensatez espiritual de las normas arquitectónicas modernas por un californiano de traza zen-budista: Christopher Alexander, en The Timeless Way of Building (N.Y. Oxfor University Press, 1979). Así, allí y entonces, nos sumimos en un proceso de disección pausada, intensificada, de nuestra experiencia del mundo --en una reflexión pormenorizada del acto perceptivo en sí que para mi era confirmación sin precedentes de mi propia responsabilidad por el mundo. Mundo que se gestaba a cada instante y que provenía tanto de una contingencia ajena a mí como de una necesidad interna que sorprendentemente se imponía a todo lo que se ofrecía a mi vista.

“Todo acto es un acto de creación o un acto de destrucción”, repetía Ulises, dado a la lectura de un inédito manuscrito cuyo leitmotiv era nuestra responsabilidad por el mundo y cuyo título recuerdo como “La traza del unicornio” o “La raza de los unicornios”. Comprendía yo entonces con una perfecta claridad --claridad que no era abstractamente intelectual sino vital, es decir, producto de la experiencia vivida, palpada-- de que no hay mirada inocente sobre este mundo, que ajenos a nuestro propio acontecer ontológico tomamos por hecho un mundo al cual sin embargo constantemente imponemos la marca de nuestra afectividad (“intencionalidad”) ...de nuestro incansable nacer, morir y renacer al mundo; así, latidos, pulsaciones a penas conscientes, sístoles y diástoles de nuestro devenir como ser en el mundo dilatan y contraen nuestro horizonte, crean, en una taza de café, en el vuelo de una abeja, un universo eternamente paradisíaco, edénico, o eternamente infernal, luciferino, y todo concebido en el instante, un instante que es su propio principio y fin, mero batir de párpados... el mundo en el grano de arena de Blake, con su eternity in an hour. . .

“Estás viendo con la visión del tercer ojo”, me susurró mi “gurú”. Más tarde me confesaría que mi rostro para él había asumido la terrible, gigantesca voracidad del Cíclope; de pronto sólo veía sobre mi frente un ojo enorme, ávido, al que nada parecía poder escapar. Periódicamente el pánico se introducía por los intersticios del tiempo que transcurría, transcurría hinchado, incondicional, sin relación alguna a las manillas del reloj por el cual constatábamos el pasaje de las horas --siete, ocho, nueve, diez, once, doce...hasta cuándo irá a seguir este insoportable estado visionario, esta avasallante lucidez, verdadera Odisea poblada tanto de cíclopes como de sirenas, los más íntimos, brotados del interminable mar de las tinieblas de nuestra psiquis.

“Yo estoy exhausta”, le decía, “cuándo podré descansar; mira que mañana tengo que impartir clases”. Y me aseguraba, mi “experimentado” guía, que sí pasaría, esa monstruosa lucidez inaguantable, que a todos les ocurría igual, que ése era un temor que todos unánimemente compartían pero que poco a poco la terrible lucidez nos iría abandonando y que después viviríamos tratando de recordarla, cultivarla, recuperarla --que ya nada sería igual para nosotros aunque nos moviéramos por el mundo como cualquier buen hijo de familia (lo más sensato de todo, decía, ya que “aquí, allá y acullá, todo es la misma cosa, María”) y que a los unicornios sólo otros unicornios los reconocen --para el resto del mundo seguirían siendo los grandes transparentes que imaginara Breton.

“¡Qué es el mundo?”

“La energía.”

“¿Y la energía?”

“Esto mismo sólo que más rápido”.

“Otra dimensión de la luz, por así decirlo”.

“Eso es: otra dimensión. Hay distintas dimensiones de lo que llamamos ´la realidad’…”.

“¿Y la muerte?”

“Un pasaje...un pasaje a otra dimensión de la realidad total. Todo es compresión  o expansión: para pasar a una dimensión de mayores posibilidades hay que contraerse primero...”

“Hasta morir...”

“No ves, María, no ves que somos nuestros propios padres”.

El ojo de la deidad se asomaba imperturbable a mi propio acontecer que sólo en parte me era propio, y así me vi reflejada en un palimpsesto de infinitas modulaciones... la conciencia era sólo una desde el despertar de la conciencia, o eran muchas conciencias que hacían una sola desde el principio y cuyo amanecer se remontaba a edades incalculablemente remotas: pero desde un principio era ese principio de conciencia lo que germinaba como sobrenatural --la naturaleza en sí no era sino un medio aparentemente natural, precisamente por soberanamente sobrenatural... de tal forma que el hombre ante ella quedó perplejo, tan consternado e indeciso como reverente. Fue en ese momento que Dios se reconoció a sí mismo, a través de la dualidad de la conciencia, gran espejo cósmico... Y ese triunfo se hizo posible mediante la humildad y el entusiasmo enardecidos del primer hombre, es decir, del ser cuya memoria llegó a abarcar, a comprender, la continuidad de la conciencia en el espacio-tiempo: el milagro de esta mirada reflexiva en el centro de la Creación, de Dios como aquella “esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna” (definición que aparece en el Libro de los doce padres, del siglo XIII y que Poulet comenta en su deslumbrante Las metamorfosis del círculo.).

Me sentí enaltecida y al mismo tiempo totalmente rendida ante la inmensidad del ser que nos abarcaba a todos y que sin embargo no se atrevía a existir sin mi consentimiento: “Este es un verdadero aprendizaje de humildad. Es la primera vez en la vida que mi arrogancia reconoce un límite”. Y lo curioso era que esa humildad brotaba como manantial en el momento de auto-reconocerme, y: ¿qué es la gracia sino esta posibilidad de desconocernos como seres aparte, sino esta humildad que nos permite acceder al reino de los cielos...a lo que nos aniquila y respeta íntegramente al mismo tiempo como personas y que cuenta con nosotros como personas para realizarse en el preciso instante en que logramos desprendernos de nosotros mismos?

Claro que buena parte de esta perorata fue cosa más sentida que hablada y es tangiblemente hoy el producto de años de destilación de aquella primera experiencia de la cual salí --o ya nunca me salí sino más bien de la cual afloré o emergí como de un agua bautismal, saturada de un sentimiento de profunda contrición, de sincero arrepentimiento ante mis muchos pecados. No fue, empero, el sentimiento de haberme “limpiado” mediante una mera confrontación con mi conciencia --con la conciencia-- lo que vino a perdurar sino todo lo contrario, el sentimiento de un largo trabajo a elaborar sobre mi persona amanecería en mí como proyecto de vida. Y sabía perfectamente que sólo con mis acciones podría mejorar la insatisfactoria imagen que de mí misma había descubierto sobre el espejo en la alborada de aquella preclara, más completa, visión del mundo.

Años después mi encuentro con “Mescalito” * , cuando llegara a atreverme a reconocer ante otros la profundidad y amplitud de la experiencia, su trascendencia, se convertiría sencillamente en “la noche que cambió para siempre mi idea del mundo”.

(* Nombre que usa el ´´Don Juan´´ de Carlos Castaneda para referirse al espíritu que habita la maravillosa, jamás suficientemente alabada planta del desierto Lophophora williamsii, mejor conocida como “peyote” o peyotl en lengua naguatl, jícore o jículi en tarahumara y, en huichol, jícuri. Según Carlos su apellido en inglés, sin la ñ, resultó tanto por la conveniencia de eliminar la tilde como de que él en realidad (o a saber en cuál de las muchas realidades que alguna vez contemplara) desciende de una vieja casta de brujos sefardís trasplantados de Portugal a un Brasil colindante con Argentina y Perú. En portugués “casta nera”. No soy la única a la que le hizo esta observación y podría ser cierto, aunque ninguno de sus biógrafos que yo haya leído jamás se dio por enterado de la oscura ascendencia que algunas veces se atribuyó tan singular “burlador” (que muy bien igual pudo ser de Sevilla...).

Es éste un aspecto de lo más velado de las enseñanzas de Don Juan, “nombre clave” según su “descubridor-inventor” quien habría de convertirse en un etnógrafo “devorado por su objeto antropológico” (según la frase de Octavio Paz en el prólogo a la versión del Fondo de la Cultura Económica de Las enseñanzas de Don Juan). Tiene que ver con la asombrosa, descomunal fuerza erótica del ser que ha sido sometido a cierto tipo de iniciación y quien, sin embargo, se sirve de ese mismo potencial para trascender la condición humana. La disciplina ascética de las enseñanzas, tal cual pude recibirlas en su momento, llevan a una realización sobrenatural y ésta ciertamente no excluye lo que llamamos sexo, todo lo contrario, sino que la disciplina convierte a Eros en motor de lo sobrenatural, ya sea porque el acto en sí desborda los cánones humanamente reconocidos, tal cual explican sobre todo los textos tántricos, o porque esa descomunal “energía” es transferida a otro género de realizaciones, como son los de la “realidad aparte” o como pueden ser también nuestras tareas sociales, comunitarias.

Un día al fin llegaría a leer a Simone Weil (de quien primero tuve noticias por un número de Lunes de Revolución durante aquel exaltante, inolvidable, exasperante “año loco”, 1959/60) –muchos años después de que me sintiera emparentada con ella instintiva o intuitivamente. Así como le ella agradece a la Divina Providencia no haber leído a los místicos españoles y orientales antes de su propia experiencia mística porque, explica, de lo contrario habría tenido la duda de si su experiencia era auténtica o simplemente fruto de una “sugestión”, yo agradezco que en tantos años de desear conocerla, no llegara a tratar de leerla hasta un momento en el que ya me hallaba lo suficientemente preparada como para poder seguirle su discurso a “la marciana”. Sin duda, mis aprendizajes psicotrópicos y castanedienses o donjuanescos me prepararon para entender mucho mejor los razonamientos y las inspiraciones de Simona –en especial quizá aquella página en la que deja asentado su encuentro con Cristo, bajo una humilde mansarda de Marsella, donde se recuerda a sí misma compartiendo aquel pan que de vez en cuando El sacaba de su morral y le ofrecía: “un pan que sabía a verdadero pan”. Ese verdadero pan que una vez comido no dejamos de amar.

A pesar de las enormes diferencias personales entre estos dos de mis más grandes maestros (la una no toleraba ni un viso de mentira mientras que el otro habrá sido sin duda alguna mitómano), en ambos me sorprendieron actitudes similares en relación a buen número de cosas: como son la energía vital y su administración, la amistad, la libertad y la obligación, la “personalidad” en tanto que construcción social, así como en la idea de la necesidad de “reducir nuestro tonal” para que el “nagual” aflore -- proceso que se asemeja a lo que Simone Weil llama “decreación”. Mircea Eliade confirmaría mi percepción, al fin, pues anota en sus cuadernos la sorpresa de haber encontrado, en un pensador de formación europea moderna, actitudes de indagación ontológica básicamente idénticas a las de las tradiciones chamánicas documentadas por él. Y qué dijo Simone Weil en su momento de Freud sino que:

El freudismo sería absolutamente cierto si el pensamiento en él no estuviera orientado de tal manera que resulta absolutamente falso. (Cahiers III, p.98)

Reprocharle a los místicos amar a Dios con la facultad del amor sexual es como si se le reprochara a un pintor el hacer cuadros con colores que están compuestos de sustancias materiales. No tenemos otra cosa con qué amar. Podría hacérsele, por lo demás, el mismo reproche a un hombre que ama a una mujer. El freudismo en su totalidad se encuentra saturado del mismo prejuicio que se ha dado por misión combatir: a saber, que todo lo que es sexual es vil. [...]

Existe una diferencia esencial entre el místico que tuerce violentamente hacia Dios la facultad de amor y de deseo, del cual la energía sexual constituye el fundamento fisiológico, y la falsa imitación del místico que, dejándole a esta facultad su orientación natural, y dándole un objeto imaginario, imprime a este objeto, como etiqueta, el nombre de Dios. La discriminación entre estas dos operaciones, de las cuales la segunda se encuentra hasta por debajo del libertinaje, es difícil, pero posible. (Ibid., p.99)

Ver en : http://www.institutosimoneweil.net/index.php/section-blog/44-archivos/254-citas-weilianas-para-una-feliz-navidad-y-ano-nuevo

Last Updated on Thursday, 29 December 2011 23:20