LA MAGA: CUADERNOS NOTEBOOKS

AWAKEN TO THE DREAM - DESPIERTA A TUS SUEÑOS

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Prólogo CUADERNOS DESPEGUE 1 pp 1-19

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Título general de la obra: Cuadernos de la Maga. El “prólogo” a los “cuadernos” ha sido traducido del inglés. A este prólogo sigue el primer volumen con el título Por los caminos de la Maga. Itinerarios.

Despegue 1

Por el Malecón un día, 26 años después...

Caveat: “Milord” dijo Sune, ahora serio, “Esto es lo que yo sé: que los eventos alcanzan su significado a partir del estado mental de aquél a quien le ocurren y que ningún evento externo será igual para dos personas”. De los Cuentos de invierno (“El peje”) de Isak Dinesen (Baronesa Karen Blixen).

El gato de la Vieja Ruca ha venido a posarse sobre su hombro mientras teclea, ronroneándole en la oreja y arrullándola hasta calmarle la presión arterial. Nada mejor para apaciguar el acelerado ritmo del corazón que el tranquilo ronroneo de un gatito sobre el vientre, o contra el cuello, tan confiable como cualquier pausada progresión por las cuencas de un rosario que, bien entonado, recapitula el recurrente alivio de un mantram. Om mani mani Om. Ave María sin pecado concebida. ¡Eternamente María!

Así el título de un popular novelón. Semejante título pareciera apto para abarcar el recurrente tema implícito en sus “obesiones”, una historia propensa a recibir múltiples recuentos a través de generaciones de empecinados buscadores --de ésos cuya sabiduría proviene de una comprensión derivada de la experiencia directa, nunca --jamás-- de instrucción alguna adherida a una autoridad no plenamente sometida a prueba. La “María de los gnósticos” cuya “virginidad” podría tener poco o nada que ver con el himen y mucho más, o todo, con cierto peculiar estado mental presente en el momento de la concepción, así como con un modo excepcional de percepción. En verdad, no una “María” cualquiera...

Pues llega a suceder, en el curso de la evolución humana, que la mente, inmersa en lo espeso, se pone a reflexionar sobre sí misma, pierde el camino y vive en la oscuridad antes de poder encontrar una vez más su sendero --si es que lo vuelve a hallar: pues se dice que son pocos los que llegan a esa encuentro que, de hecho, se siente más bien como una “re-unión” -- aunque no tengamos forma alguna de saber de veras cuán muchos, o pocos, serán los que consigan regresar a su punto original de despegue. Especialmente si se considera que la Divina Caridad ha de estar mucho más dispuesta a depositarse sobre el hombre de lo que pareciera estar el hombre dispuesto a perdonarle sus pecados a sus semejantes. Todo lo cual parecerá pura idiotez desde el punto de vista semántico / analítico à la A. J. Ayer [1], a menos de no estar uno sintonizado con otra esfera de la Realidad --así, con platónica mayúscula-- más real de lo que resultan ser las palabras y ciertamente no contenida por ellas: el Némesis final de cualquier escritor.

Ese interludio entre Dios y Dios, que es el sitio de la mirada del hombre sobre un mundo pensado --no enteramente aprehendido en su esencia-- viene siendo como una Caída de la cual aquel bautismo llamado “de fuego” nos rescata –siendo que los demás bautismos no son sino símbolos de la eventual Reunión de lo personal con lo impersonal.

Aún cuando esta “presencia de presencias” que es Dios tenga que ser pensada como una constante, para lo “personal” no es sino un momento fuera del limitante fluir de la conciencia adherida al tiempo, “la eternidad en la palma de la mano” (Blake). Se diría que Dios encuentra su propio rostro una vez más en el reflejo del espejo que se le ofrece gracias a la transparencia de un individuo, o de su auto-desvanecimiento, a la luz del Amor. Que Dios ama a Dios por medio de la mirada abierta de Aquél que ama[2]. Verdad, igual, decir, desde esta perspectiva, que Dios solo ama a Dios, apareciendo así el misterio de la Encarnación como referencia no tanto a un evento histórico putativo como a una realización constante, recurrente, cuya inefabilidad acaso no logre despejarse en lo más mínimo: desconcertante tarea que esta poco meritoria servidora encuentra tan indeseable como inevitable --si bien, al mismo tiempo, totalmente envolvente y, bien podría resultar, ¡inútil!

Sumergida hasta las tetas en esa espesura donde se pierde uno para siempre, como no sea para ir más allá del mundo hasta entonces conocido, parecería que la hora ha llegado una vez más de intentar comunicar los resultados de una trayectoria cuyo camino ya había quedado extraviado por demasiado tiempo en los oscuros recovecos de la fe, totalmente insegura en relación a la posibilidad de tener éxito en algo ante lo cual el fracaso ya se ha repetido demasiadas veces, no pudiéndome resistir a la esperanza de dejar al descubierto, para un lector paciente, los deslumbrantes panoramas y abismos encontrados mientras recorría un singular, solitario, escondido sendero de deslumbramiento y de perplejidad.

Al cabo de muchos años de narrarle tan sorprendentes aventuras a algún amigo ocasionalmente dispuesto a escucharlas, un conocido quien, por su relativa distancia, no encontraría necesario tener que hacer un esfuerzo descomunal a la hora de tratar de entender lo que rogaba quedar al descubierto, ese amigo un día había señalado el camino ante mis ojos. Inmediatamente supe que tenía razón: “Ya que no te queda más remedio que comenzar por alguna parte, por qué no conviertes la escena central de tu viaje en un puente a partir del cual moverte hacia adelante y hacia atrás: Esta sería la escena, me parece a mí, de tu paseo por el Malecón aquel día”, me dijo, “veintiséis años después de tu salida de la Isla --ese crucial momento cuándo el significado de todo tu viaje echaría raíz, plena y profundamente, en tu alma”.

Aquel trascendental momento que la marcara tan profundamente le había acontecido durante el cuarto día después de llegar a la Ciudad de su infancia. Lunes había sido, cuando la vista de las antiguamente majestuosas, elegantes casas de La Habana Vieja le estrujaran el corazón, al igual que los hombres y mujeres forcejeando en fila con tal de obtener las más elementales provisiones en medio de una vida llena de desilusión y de lamentos. Dicen, en algún libro esotérico que desconozco, que se nos dan siete horas de miseria por cada momento de felicidad. Desde el punto de vista de un sólido conocimiento gnóstico, resultado de la experiencia directa, semejante cálculo en relación a la desproporción entre el sufrimiento y el júbilo parecería bastante acertado.

¿Cómo había estado la cosa, entonces?, aquella “escena central” sin otro testigo fuera de los dos cuyas miradas súbita e inesperadamente se encontraran al día siguiente de concluir las últimas contorciones y alborotos instrumentados profesionalmente en celebración de un Carnaval fuera de estación, el mar de un lado y, del otro, las calles vacías sordamente mugiendo a lo largo de la desértica calzada apostada contra ese mar: Un escenario bañado de sol plomizo, implacable, sobre calles y edificios ahora desprovistos de toda vegetación, amenidades, color ---como exentos de toda vida, incluso, exceptuando la de aquel torturado ser cuya existencia entera, como un libro abierto, se encontrara súbitamente recogida a sus pies: aventada de pronto a su inmediatez, con el alma benévolamente --aunque de forma algo brusca-- arrancada a un lugar muy distante entre esos vericuetos del corazón que mejor fuera dejar tranquilos, no ir a visitar. Pero, primero, los pasos que iban a desembocar en ese momento que cristalizaría, para ti, el significado de tu búsqueda.

Dejaste a Paz --era ése el nombre de la maestra mexicana con quien compartirías el cuarto en el Nacional[3]--para que tomara ella un taxi de regreso al Hotel, en consideración de sus amolados pies, determinada tú mejor a caminar de regreso, con tal de encontrarte ahora como querías, sola con tus recuerdos y reacciones, moviéndote con desenfadado paso, instintivamente, de la Plaza de la Catedral hasta donde el Prado desemboca en la bahía, frente por frente al Castillo del Morro, más allá de la majestuosa decadencia de un Casino Español clausurado donde, hace ya tanto tiempo, tú y otros “privilegiados” disfrutaban el espectáculo del desfile de Carnaval, cada primavera, justo antes de la Semana Santa, todos disfrazados con aparejos rentados cuando no especialmente confeccionados para el evento por modista particular.

Una vez fuiste de pirulí, con las piernas al descubierto y el resto de ti envuelta en un terciopelo acaramelado; otro año, como colegiala de la época de tu abuela, en un frondoso vestido con sombrero de largos volantes azules; otro año, de campesina húngara cuyo traje multicolor resaltaba los giros y taconazos de la Danza Húngara --conclusión digna de marcar el final de los ejercicios de fin del año escolar en la Academia de Ballet de Martha Abreu, convenientemente muy cerca de casa, de clase alta e impecablemente blanca.

Tu más inolvidable fiesta de disfraces, sin embargo, sería aquélla en la que te apareciste como damita china ataviada en una seda color oro con rebordes negros, para acabar dándole a “La Bamba” con todas las ínfulas habidas y por haber junto a un bien plantado “charro” en su más espectacular atuendo, todo negro reforjado en plata, desde el sombrero de ala ancha hasta las botas. Eso, pensaste con deleite mientras te escurrías de largo frente al imponente palacio clausurado, podría verse como premonitorio de tu destino, tu corazón movido aquel día aún por una especie de inocencia que, al igual que Paz, no se resignaba a quedarse atrás por completo. Que por aquel entonces lograras asirte aún a tu firme confianza en lo que atañe a las relaciones entre los seres humanos sólo revela el grado al que llegaba, incluso entonces, tu natural inocencia, inevitablemente dispuesta a permanecer confiada más allá de toda prudencia.

Un poco después de las puertas palaciales de la vieja Casa club, donde sólo los hombres acudían (las actividades en familia circunscritas normalmente a la gran propiedad frente al mar en la Playa de Marianao) serías testigo del lado más derrelicto de la “Revolución” a toda plana. Calle tras calle de viejos muros decrépitos cuyo rostro, como el de quienes las habitan, desplegaban todas las cicatrices que se van acumulando cuando el mantenimiento o renovación dejó de llegar, de una vez por todas, hace ya un buen y cuando, finalmente, no queda la más mínima esperanza de que lo peor no vaya a pasar --en vista de que ya todo lo peor sucedió, o casi. La muerte en vida peor que la muerte a secas.

Así que ahí te las vas viendo al fin, veintiséis años después del episodio que te llevaría a vivir en muchos otros lugares --tanto de casualidad como por libre designio-- justo frente al Castillo del Morro, prisión y calabozo a través de los siglos para aquella parte de la humanidad a la que puede uno verse sumado en el momento menos pensado, a menos de no tener uno mucho cuidado o simplemente suerte, o ambas cosas (como decir, a menos de no permanecer uno muy, muy lejos del escenario en cuestión).

Sólo una vez en tu vida te habías encontrado en las cavernas de la mazmorra y, entonces, gracias a una visita repentina por parte de asociados de la familia provenientes de Chicago a quienes, hospitalaria, acompañaste en la consabida visita turística –una joven pareja cuyos momentos más embelesados resultarían del haber tenido la oportunidad de disfrutar su suculento cangrejo en la cercana proximidad de un Ernest Hemingway imperturbablemente atento a la vista y el tintineo de los frozen daikiris –alineados como centinelas sobre la lustrosa superficie de caoba de la barra del Floridita --por lo pronto, el único lugar en casi treinta años de “Re-vo-lu-ción” que habías hallado casi idéntico a tu memoria de lo en otro tiempo fuera la “La Habana de tus amores”. Sólo que ahora una placa cuidadosamente pulida honraba de forma prominente al gran gringo deportista y novelista-de-codo-empinado, responsable de buena parte de la fama internacional del Floridita. El aún célebre restaurante, así, regía como templo adecuado a la memoria de “El hombre viejo y el mar” y de su legendario autor: impecablemente limpio y fresco en la amodorrante atmósfera de luces tenues, con el tintineo del hielo repicando contra el cristal, el agua sonoramente efervescente en la tranquilizante seguridad del chorro que no falla, suavemente marcada por los ritmos de un constante oleaje de güiros, maracas y cueros.

Transcurría el día tras la última jornada del Carnaval, pues, y todo permanecía quieto, ni un ratón se movía (como en aquel poema infantil en inglés sobre la Navidad --´´ 'twas the night before Christmas´´) --aunque no en espera de ningún Santa Claus o de algún otro divino asistente, como podrían ser los Tres Reyes Magos, cargados de regalos traídos de distantes tierras; más bien, era que la ciudad entera dormía con tal de escapar al callejón sin salida del final de los festejos, así como al callejón sin salida de todo lo que la “Revolución” echara a andar en espera de un futuro ya pasado y esfumado, sin que sus anticipados logros se realizaran jamás. “Lo que el viento se llevó”, las esperanzas de un hombre nuevo, de una mujer nueva (al menos en teoría incluida en esa designación varonil) --de paz, amor y entendimiento. ¿Había sido todo acaso algo más que una soberana farsa desde el mismísimo principio?

Todo olía a pescado frito, orina y cerveza, y no se divisaba siquiera un alma a la deriva por el malecón. El aspecto externo del Castillo, “vigilante” sobre la Bahía y la ciudad, impartía un sentido de serenidad fuera del tiempo, inamovible ante el resto del mundo: una fachada en irónico contraste con el desasosiego en el corazón y mentes de cientos de prisioneros atrapados en sus entrañas de holocausto, a través de los siglos. Una brizna, ¡a penas el soplo de una brizna! Sólo un sol despiadado que dejaba al descubierto cómo no quedaba ya nada de los cálidos y cremosos tonos pasteles que alguna vez animaron parte de la vieja ciudadela, ahora orgullosamente denominada por la UNESCO “precioso baluarte propiedad de toda la Humanidad” (o algo por el estilo). Una ciudad bombardeada por los intensos temblores de un tiempo implacable, de una “historia” implacable, cuya desnuda devastación permite entender cómo puede ser que el hombre anhele tan ardientemente que la “historia” de alguna forma se convierta en algo concluido, el sueño de “el final de la historia” habiéndose convertido ya para entonces, en el año [1986/2008] de Nuestro Era, en el más reciente tema en boga (a la expectativa de sólo Dios sabe qué beneficios por llegar, y para quién...).

A mi izquierda entonces --a tu izquierda, “su” izquierda [puesto que, desde cierto punto de vista, esa “persona” que una vez fui me resulta hoy como otro ser cuya inocencia el ser de hoy profundamente añora, echándola de menos, tal cual se echa de menos a esa mejor parte de uno mismo que ha quedado extraviada, o sepultada, jamás olvidada]. Mejor aún, pues, a “nuestra” izquierda el armonioso alineamiento de las columnas agraciando la desteñida fachada del “patrimonio de la humanidad” aletargado sobre la costa del gran caimán caribeño. Silenciosas calles, desérticas, convergiendo sobre el paseo a lo largo del mar, universalmente conocido como Malecón, el más popular boudoir de La Habana accesible a todos por igual, temporalmente abandonado ahora a favor de esa profunda siesta que invariablemente se impone tras el agotamiento generalizado de cerveza y todo lo demás.

“Haz el cuento tal como me lo hiciste a mí”, me parece escuchar a mi cuate yucateco decirme al oído, mediando el ronroneo del gato sobre mi hombro. (Me he referido a él como a un “conocido” porque nuestros encuentros no eran sino pocos y espaciados, a pesar de que la relación parecía fincarse en algo más elemental que una mera “solidaridad caribeña”.) Por lo cual prosigo tal cual:

Así que, ahí me tienen en mi batita blanca recientemente adquirida en el departamento de ropa interior de alguna sucursal de la Sears en Los Angeles, con el brazo izquierdo enyesado hasta el codo, del mismo color que el vestido, todo de un blanco verano como el que usan los adeptos a la santería --aunque, a lo largo de esos años, cuando me acostumbré a usar el blanco casi como uniforme, aún no me habían leído los caracoles, de forma que no tenía yo modo de saber nada sobre mi “santo”, ni estaba muy propensa que digamos a creer en toda esa “bobería” (cuya puerta a ratos mejor es clausurar, ignorar, olvidar). Eso sería algo que había de sucederme algunos años después y de forma bastante sorpresiva para mí ya que, valga resaltar, mi radical escepticismo en relación a tan peculiar tipo de religiosidad había permanecido básicamente inalterado, incluso después de mi primera “verdadera” comunión dos décadas más temprano [4].

Debo decir, sin embargo, que para entonces, había yo recibido indicaciones de una conexión sobrenatural con La Guadalupana, la Virgen a la que virtualmente todos los mexicanos creyentes ruegan con devoción (y muchos otros también). Esa conexión se había establecido tras varios años de “investigaciones de campo”, por así llamarlos, en el corazón del “México profundo”. Esta parte del trabajo había comenzado poco después de completar lo que resultó ser una disertación bien documentada aunque quizá poco útil (sin que faltara quien la hallara “elegante”) sobre problemas de la crítica ante el surrealismo -- un tema (el del surrealismo, no el de la crítica) que se había impuesto de forma natural a mi curiosidad a raíz de lo que puede llamarse mi “iniciación” o experiencia transcurrida, una singular noche de mayo de 1965, alrededor de mi vigésimo-sexto cumpleaños y cuyo saldo sería el descomunal destape de un “tercer ojo” hasta entonces a penas entreabierto. Ésa había sido la noche que me cambiaría para siempre la idea del mundo que hasta entonces sostuviera, y ello de forma tan radical como lo hicieran para un Descartes o un Pascal, sus conversiones de una noche. Una idea del mundo que, desde cierta perspectiva, no estaría enteramente en discrepancia con el tipo de “objetividad científica” que me había sido rigurosamente impuesta como patrón de observación a través de los largos años de entrenamiento formal --algo para lo cual parece ser que no me faltaba cierto talento. A partir de esta “fortaleza de objetividad científica”, en todo caso, la “inmaculada concepción” siempre me había parecido una noción absurda y mi actitud hacia la “Virgen”, al cabo de una adolescencia intelectualmente tan activa como rebelde, se convertiría en una actitud de total rechazo, incluso de desprecio.

Paseándome por el Malecón, en la ligera batita del más puro blanco, casi transparente, de la Sears Robuck & Co., sin sombrero, no totalmente descalza en las sandalias pero sintiéndome algo desnuda por lo suelto del vestido, me veía avanzando paso a paso por el lado exterior de la larga hilera de columnas que describe, esplendorosamente, una media luna a todo lo largo del quieto y amplio paseo junto al mar. Tan despoblado parecía la totalidad del entorno que la sorpresa no pudo ser mayor ni para el uno ni para el otro --para él en su recogimiento ni para mí en mi desenvuelto andar veraniego. Justo cuando pasaba frente a una de las columnas, como a medio tramo de la larga hilera de columnas de más de un kilómetro de largo, de súbito me topaba con la figura de un hombre negro encorvado sobre el contén de la acera, sumiso frente al mar.

Me hallaba prácticamente sobre él cuando la irrupción de mi presencia en su ámbito le hiciera alzar los ojos hacia arriba justo al surgir yo del lado opuesto de la columna junto a la que se sentaba, las manos deteniéndole la cabeza sumida hasta más abajo de las rodillas, no contemplando ya siquiera la inmensidad del mar extendido ante él sino mirando sólo hacia adentro, más bien, como sumergido más allá de toda esperanza en las amargas profundidades de una insondable aflicción. Y alzaba sus ojos en mi dirección justo en el instante cuando los míos iban a caer sobre su encogida humanidad.

La desesperación que manaba de aquellos ojos era tan total, tan desvalidamente desesperada, que no creo jamás haberme topado, antes o después, con semejante declaración gráfica del horror personal. La mirada en esos ojos era como un largo, callado grito --Munsch en carne viva-- y desde entonces he considerado un privilegio y de muy buena suerte para mí el estar ahí en ese momento: haber recibido la bendición de atestiguar, de tocar, en un instante la capacidad del ser humano para transformarse por completo de forma inmediata, radical. Pues, en el instante mismo, en menos tiempo del que lleva pestañear, aquella hambrienta desolación sin fondo que provenía más del corazón que del estomago --esa oscura, torturada, desesperada mirada que él había aportado a nuestro predestinado encuentro, se convertía en el escenario de la más inaudita voltereta del ánimo, del espíritu, que jamás tuviera yo la dicha de presenciar en la mirada de otro ser --hasta entonces y desde entonces. En la fracción de un segundo, aquella tétrica expresión de vacío sin igual se había transformado, como arrasada al instante por vientos de una irresistible gracia, hasta un grado de júbilo tan profundo que tuve que reconocerlo como el punto diametralmente opuesto al de la terrible aflicción que tan súbita dicha viniera a reemplazar.

Aflojé el paso sin poder parar ante semejante aparición, no sabiendo qué hacer ni decir más allá de sonreírle y casi tocar su cabeza ahora ladeada y como estirada hacia mí, con el semblante de la más perfecta felicidad iluminando su rostro, como transportado por lo que sin duda le habrá parecido la más inesperada irrupción del más allá. Acaso fuera por eso que comenzara a ponerse de pie sólo para caer de rodillas ante mí, como esforzándose por apurar más plenamente el espectáculo que le llegaba del azulado firmamento, embargándole los ojos con total deslumbramiento. Al mismo tiempo, dejó escapar un largo, agradecido suspiro de desahogo que parecía provenir de un lugar tan profundamente escondido en el alma como aquél del cual su desesperación manara sólo un instante antes: ´Ay, mi'ja!´ le oí decir con ese dulce, suave gemido que connota tanto familiaridad como profundo afecto: un suspiro de alivio como el que suele escapársenos por los pulmones en el momento en que nos sobreviene el exquisito efecto de vernos liberados de los tentáculos de algún insoportable dolor. Pero… qué es lo que podía haber producido tan tremebundo impacto sobre el ánimo de este ser humano quien, sólo una fracción de segundo antes, se ahogaba desprovisto de toda esperanza, un hombre de rostro tan prieto como de perfectas dimensiones, dos largas patillas sirviéndole de plateado marco al semblante clásicamente configurado. Podía haber sido actor o bailarín. De hecho, me recordaba, más que nada, a uno de los tres pescadores que tradicionalmente aparecen en las representaciones populares de la milagrosa, providencial, aparición, en medio de la tormenta, nada menos que de “Cachita”, como cariñosamente apoda el pueblo cubano a la Virgen de la Caridad del Cobre, “patrona de Cuba”[5] .

Pero qué había sido lo que tan rápida y efectivamente viniera a calmar la infinita sed, el hambre descomunal de un alma totalmente desprovista de alimento, sino la súbita irrupción, en medio del total despojo al que había sido sometido, de un singular rayo de pura, fresca, simple esperanza que lo rozaba desde lo más alto. Y la fuente de esa bendición tan libre e inesperadamente otorgada, tan agradecida y prestamente recibida, no podía ser sino el resurgimiento, dentro del limitado ámbito de visión al que la desesperación redujera su campo visual, de un más distendido, magnánimo, profundo, infinito ámbito del ser: un paraje cuyo nombre propio bien podría ser el de la Belleza Encarnada, o el de la Suprema Beldad, Justicia, en su ligera, fluida, pasajera, desenfadada recurrencia. La secreta señal divina en espera de atención. (“Dios solo no es nada sin atención”, Simone Weil.)

Volviendo al “caveat” al principio de este “prólogo”: Es enteramente posible que, dada la diversidad de interpretaciones a la que cualquier evento queda sujeto a los ojos del que percibe, este “casual” encuentro dejara una impresión totalmente distinta en un individuo y el otro. “Ella” (o el “yo” que entonces era “yo”) continuaría su camino sin detenerse, sin osar voltearse hacia atrás antes de llegar primero al Nacional, un par de kilómetros más abajo del solitario paseo a lo largo del mar, justo a tiempo para el almuerzo y la siesta que Natura tan perentoriamente impone sobre todos los seres a tan húmedas y ardientes latitudes: la hora cuando “ni el perro sigue a su amo”.

De no haber sido por aquel mágico momento de instantánea transformación enigmáticamente hallada en los ojos del más completo extraño, su salida de la isla cuatro días más tarde habría marcado un rompimiento definitivo con sus “raíces”, un sentido de total distanciamiento, al cabo de una ausencia de más de media vida --por no decir siglos, considerándose que los años sesenta, seguidos por el vertiginoso paso de los acontecimientos de los setenta y los ochentas, había precipitado cambios fuera de su tierra original equivalentes a lo que antes pudo esperarse ocurriera en un período de varios siglos, si no milenios; especialmente cuando el lugar que se ha dejado atrás no solamente ha cambiado drásticamente, --aunque no siempre del mismo modo o en la misma dirección que el mundo fuera de él lo hiciera-- sino que se ha mantenido parejamente sin cambios visibles fuera del más rotundo deterioro. ¡Cuánto, en efecto, había cambiado todo… y cuán poco! Se le hacía difícil, en verdad, decidir cuál de las dos cosas era la que más la perturbaba después de tantísimos años de añorar a su “patria chica”, ese lugar especial en el corazón y memoria de cada cual cuyo ambiente acogedor durante la más tierna infancia y juventud todos los exiliados o expatriados íntimamente añoran: ¡sin tener en cuenta lo mucho o lo poco que hubieran cambiado las cosas!

Lo que no se borraría de su memoria y disposición en los años por venir, en todo caso, sería el reconocimiento de cuán inmediatamente la más profunda desesperanza es capaz de transformarse en lo contrario: en algo así como un éxtasis divino. Y sospechaba ella que, lo que había tenido la fuerza instantánea de arrancar al alma del extraño de la más profunda desesperación, entregándosela plenamente al regazo del Amor, había sido aquel libre, fluido andar suyo, aquel día, por el Malecón: que, al percatarse él de aquella (a)dorada, soñada, presencia que de pronto lo cubría, lo que de pronto lograba él (y lograba ella) recuperar no era sino la Memoria … y no de “ella”, una total desconocida, sino de ELLA, de Nuestra Madre Ochún-Yeyé-Cari, Cachita “cachonda” --dueña del río y del monte donde brotan nuestras yerbas y flores sagradas: la Venus del Panteón de la santería yoruba.

No, por supuesto, que hubiera ella tenido la oportunidad, ni el conocimiento requerido, para dilucidar todo esto durante la media hora de alucinada caminata hasta el Nacional. Pero, armándose de valor para continuar por su camino en vista de la falta del valor requerido para detenerse allí mismo, la memoria de la Virgen de la Caridad del Cobre alumbrando a los tres pescadores en medio de lo más grueso de la tormenta movería su pecho con un sentimiento de horror y de vergüenza a la vez, así como de exaltación. Vergüenza de no atinar a detenerse para tomarle en sus brazos; horror ante el exacerbado sentido de responsabilidad que tan intenso despertar le propinaba al instante. Exaltación ante lo inconmensurable del momento. La Isla entera le pareció, entonces, como una barca a la deriva en las turbulentas olas de una historia implacable, mientras la solitaria, desmoralizada figura del negro en lo sucesivo regresaría a su memoria como símbolo de la nación cubana en su totalidad.

“Y, tal como ha respondido él en su soledad y vuelto a completarse y revivido, dichoso y pleno de gratitud por el exquisito bocado de salvación que se nos ofrece cuando menos lo esperamos, igualmente será que nuestro pueblo transforme todas sus pruebas y tribulaciones en trabajo jubiloso, amoroso, más tarde o más temprano”. Exaltación. Ésta sería la convicción que motivaría sus muchos esfuerzos a través de los próximos años por detener tan absurda, pretendida “guerra”. [Sin, por le demás, ningún resultado visible hasta la fecha de redacción y reedición de todo esto, incluso después de que el M-15, la Spanish Revolution, y el Occupy Wall Street y Washington etc… toca a nuestras puertas.]

Así fue pues lo que aquella aún rozagante, inocente dama comenzara a dilucidar en el curso de tan predestinado día mientras avanzaba por el Malecón veintiséis años después de su inesperada partida de la Isla. Aquel momento de profundo respeto, instante reverencial, sería la memoria que con más persistencia la acompañara durante los próximos años, incluso --y a pesar de-- su más descorazonado juicio al final de aquella única visita en el curso de más de medio siglo:

Esto ya no lo compone ni el médico chino”.

* * *

*

Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Me encontraba tan absorta por lo que pensaba serían los dos últimos párrafos de este “prólogo”, que me olvidé de atender al apagón y seguí escribiendo sin parar, de forma tal que, precisamente en el momento cuando sabes que tienes al toro por los cuernos y te dejas ir, ya, a todo tren hasta el punto final, la batería se agotó y lo perdí “toditito”. Al regresar la electricidad, sólo unos minutos más tarde, vi claramente que había perdido la labor de toda la tarde. Imposible repetir el tren del pensamiento tal cual éste se había tejido para formar una telaraña de luminosa simplicidad, muy a pesar de las complejidades de lo que pretendía decir. De hecho, nunca tuve tiempo de leerlo, si quiera, para confirmar si resultaba, o no, tan bien redondeado, completo y pertinente, aquel remate, como lo sentía yo en su momento mientras el tren del pensamiento me proyectaba rápida y fatídicamente hasta darse de tope con una pantalla en blanco, o más bien, en negro... El hoyo negro que lo devora todo... aquel Black Hole cósmico de nuestra(s) memoria(s).

Así que parece que tendremos que vivir sin esos dos inspirados párrafos por ahora, o para siempre, ignorando enteramente cuán buenos o malos habrán sido, o pudieron ser. (Aunque la pérdida sin duda habrá resultado mayor para mí que para el lector.) Ese gran final que se esfumó en un abrir y cerrar de ojos, por lo que puedo recordar, citaba el famoso verso de Mallarmé sobre el golpe de dados, refiriéndome con ello, dentro de este contexto, a la selección de textos --de entre los muchos que voy encontrando en mis cuadernos-- como a un golpe de dados que jamás logrará esquivar lo que llamamos “azar”. Y justo cuando pensé tener la palabra exacta, le mot juste, para cerrar “con broche de oro” este nuevo, esperanzado comienzo, el azar --o, será “el ingobernable, despiadado destino”-- introdujo su pata en la forma del apagón, dejándome temporalmente noqueada (o “privada”). Que es lo que, después de todo, nos espera, siempre, más tarde o más temprano, al FINAL.

Así, pues, he aquí el final del comienzo, mucho antes (¿aunque no tanto, tanto antes?) de que se haya llegado al principio del final...

Valle de Bravo, México, 8-16-98

EPÍLOGO AL PRÓLOGO

El camino del guerrero lleva hasta el abismo.

Planeando sobre él, mi corazón estalla

--rosa que se desgrana en un baño de

estrellas.


[1] Para A.. J. Ayer, es tautológico decir que Dios es Amor. En su razonable mundo de pensamientos razonables, una tautología es un sin sentido --algo que no aporta conocimiento alguno-- por lo cual, hablar de Dios carece de sentido. Que Dios sea un sin sentido, en cierto sentido, es un hecho; pero, decir “sin sentido” no equivale a obliterar la realidad de lo sobrenatural. Lo que aparece como un sin sentido para la mente puramente racional puede querer decir algo en otro estado mental, aunque lo que se quiera decir puede que no tenga expresión posible fuera de la poesía, que al fin resulta ser la mejor de las filosofías, o la más duradera de todas.

[2] Referencia a la noción de Simone Weil de un “Dios narcisista”.

[3] Caveat encore: Durante semanas estuve llamando a Paz “Fe” hasta que de pronto un día, mientras me disponía a platicar de ella, mi memoria restauró súbitamente su verdadero nombre, Paz… Semejante lapso podría responder quizá a que la fe y la paz se encuentren muy unidas en los recovecos de mi mente, como podrían estarlo en la de ustedes.

[4] La relación de esa singular, memorable noche, sigue al Prólogo.

[5] La Virgen de la Caridad, de hecho, puede considerarse como una particular, histórica y culturalmente modulada versión de Tonatzin/Guadalupe, versiones pre y post colombinas (africana en el caso de la Virgen cubana) de una deidad femenina no enteramente regida por el catolicismo ortodoxo --al menos, no más de lo que lo sería “Ochún—Yeyé-Cari”, la deidad del monte y del agua dulce identificada con “Cachita” (mientras que Yemayá, madre de todas las criaturas, es la deidad del mar). “Lupe” igualmente es la forma corta y cariñosa que usa el mexicano para referirse a su “Patrona”.

Last Updated on Thursday, 13 March 2014 17:22