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AWAKEN TO THE DREAM - DESPIERTA A TUS SUEÑOS

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LAS ÚLTIMAS DEL MOVIMIENTO POR LA PAZ

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A mi modo de ver lo que más importa es que deje de haber víctimas y para eso es necesario que, en primer lugar, el estado despenalice tanto la venta como el uso de las “drogas”. En este sentido, el Sr. Presidente Peña Nieto no ha hecho nada trascendente al respecto. Javier, por algún motivo, continúa despistado en relación a lo que más urge y no parece caer en cuenta del verdadero orden de prioridades. Con lo ello su gestión siempre corre peligro de caer en el descrédito y de colaborar con quienes coluden con el crimen organizado. LEYES QUE SON UNA INVITACIÓN AL CRIMEN CARECEN DE TODA LEGITIMIDAD. LA DESOBEDIENCIA CIVIL AL RESPECTO ES DE LAS MÁS ALTAS PRIORIDADES PARA UNA ACCIÓN CIUDADANA DECISIVA, EFICAZ.
Sylvia Maria Valls
www-mama-doc.com
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Sent: Saturday, January 12, 2013 10:41 PM
To: undisclosed-recipients:
Subject: Artículo de Juan Villoro: Las Víctimas
Las víctimas

México D.F., 11 de enero de 2013 (Juan Villoro).- La poeta Anna Ajmátova atestiguó el terror estalinista y sobrellevó padecimientos difíciles de igualar. Su esposo, el escritor Nikoái Gumiliov, fue ejecutado y su hijo Lev encarcelado. Su mejor amigo, el poeta Ósip Mandelstam, murió en un campo penitenciario de Siberia.

Ajmátova se salvó del asesinato y la tortura, pero conoció las tinieblas y fue su excepcional testigo. En el poema “Réquiem” honra la memoria de las víctimas. A manera de prólogo cuenta una anécdota: “Durante los años terribles del terror de Yezhov, hice cola durante diecisiete meses afuera de la prisión de Leningrado. Un día alguien me reconoció en la multitud. Atrás de mí estaba una mujer con los labios azules por el frío, que, naturalmente, nunca había oído que me llamaran por mi nombre. Esta vez salió del entumecimiento común a todos nosotros y me preguntó en susurros (nadie alzaba la voz ahí): ‘¿Puede usted describir esto?’. Le respondí: ‘Puedo hacerlo’. Entonces algo parecido a una sonrisa animó un segundo lo que alguna vez fue su cara”.

De manera asombrosa, lo inexplicable puede ser descrito.

Resulta imposible recuperar a las víctimas de la violencia, pero la comunidad que las sobrevive puede darles presencia y aliviarse a sí misma a través de la memoria. El recuerdo, las palabras, son ejercicios de sanación social. Por eso sonrió la mujer de labios azules.

El ensayista israelí Avishai Margalit ha descrito las condiciones que definen al testigo moral de una tragedia: “Debe atestiguar el mal, pero también el dolor que provoca; ser solo testigo del mal o solo del dolor no basta”. Documentar lo sucedido es un principio necesario, pero no suficiente para alcanzar la dimensión ética del testimonio. Eso requiere de empatía ante el sufrimiento.

La promulgación de La Ley de Víctimas es un paso decisivo para recuperar el tejido que se rompió con la demencial violencia del crimen organizado y la irresponsable política de guerra de Felipe Calderón. Se trata de un triunfo de la sociedad civil y de un encomiable compromiso del gobierno de Enrique Peña Nieto, que entendió la gravedad del problema y superó las trabas colocadas por la administración anterior.

El poeta Javier Sicilia pronunció otro discurso extraordinario: “Esta ley no debió haber sido, es la consecuencia de la no aplicación de las leyes que están hechas para la protección y la justicia de los ciudadanos, es la consecuencia de la impunidad, de la corrupción, del desprecio, de la erosión del esqueleto moral y político del Estado mexicano, y de una guerra que nunca debió haber sucedido”.

Sicilia contrastó la palabra traicionada por Calderón con la palabra cumplida por Peña Nieto. Esta vez no ofreció al Presidente un escapulario ni un beso en la mejilla. La distinción simbólica es importante. Muchos han cuestionado el gesto “alocado” de besar personas no siempre agradables. Sicilia ha insistido en este recurso del cristianismo primigenio. El beso no es un certificado de acuerdo; denota un encuentro, una posibilidad de acuerdo. Mientras más lejano sea el interlocutor, más valor tiene el gesto. El sobrio abrazo entre el poeta y el Presidente resultó alentador: no fue necesario otro símbolo.

Por un comprensible reflejo psicológico, hay quienes piensan que las víctimas de la violencia son, necesariamente, culpables de algo. Cuesta trabajo entender que todos calificamos para ese desenlace.

Otros sostienen que en una guerra siempre mueren inocentes y debemos aceptar ese impuesto para alcanzar la paz, pero ninguno de ellos ofrece sacrificarse en nombre del bien común.

Tampoco son válidas las comparaciones estadísticas a las que era tan afecto Calderón. Repetidas veces señaló que Brasil tiene más asesinatos que México y goza de mejor fama. Los agravios no pueden someterse a competencia. Una sola muerte violenta lastima a la sociedad en su conjunto.

La publicación de una ley no basta para solucionar el problema, pero es un paso decisivo. La auténtica ayuda a los deudos dependerá de crear un Sistema Nacional de Atención a las Víctimas.

Al igual que Sicilia, el poeta argentino Juan Gelman perdió a su hijo. Marcelo Ariel Gelman y su esposa Claudia fueron secuestrados por un comando militar el 24 de agosto de 1976 y se integraron a la oprobiosa nómina de los “desaparecidos”.

Con la misma entereza que Ajmátova, Gelman escribió el poema “Carta abierta”, dedicado a su hijo, y en el que insufla nueva vida al idioma: “ausente/ espejo donde no me veo/ azogás esta sombra/ crepitás/ sudo de frío cuando creo oírte/ helado de amor yago en la mitad/ mía de vos/ no acabo de acabar/ es claramente entiendo que no entiendo”.

Gelman se exilió en México, donde ahora otros padres se asoman al espejo donde no pueden verse.

La poesía y la memoria son maneras de convertir lo ausente en acto de presencia. La Ley de Víctimas apunta en esa dirección. “No habrá suficiente justicia para los muertos si no se recuperan sus nombres, sus historias”, dijo Sicilia.

Lo inexplicable puede ser descrito.

Juan Villoro

Fuente: Etcétera



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