LA MAGA: CUADERNOS NOTEBOOKS

AWAKEN TO THE DREAM - DESPIERTA A TUS SUEÑOS

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Las flores del bien

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[Segmento del texto "De lo personal a lo impersonal", introducción a mi sección de Las necesidades terrenales del cuerpo y del alma. Inspiración práctica de la vida social,"  Mailer Mattié y Sylvia María Valls, Madrid, 2013, La Caída, Colección Tina Modotti. ]

Fue durante mi último año en Cuba  [1960] cuando supe de Simone Weil por primera vez, gracias a un artículo aparecido en lo mejor que tenía la prensa cubana de aquellos días: Lunes de Revolución. Al igual que mis compañeros, andaba yo de exámenes todos los días para tratar de cubrir dos años académicos en uno, compensando así el tiempo que estuvo cerrada la Universidad antes de la huída de Fulgencio Batista, aquella madrugada del Año Nuevo de 1959. Además, cursaba estudios en dos Facultades a la vez, todo lo cual explica que no saliera disparada de inmediato a devorar uno de sus libros. Lo curioso fue -y esto más por “causalidad” y menos por “casualidad”- que, a pesar del fuerte impacto que durante aquella época produjo en mí el perfil de esta figura excepcional -incluso antes de que partiera de la tierra que albergara a siete generaciones cubanas anteriores por el lado criollo de mi abuela paterna-, pasarían -me sorprende constatarlo una vez más- unos diecisiete años para que al fin me dispusiera a leer sus textos.

La explicación de “consenso común” (usando el término que popularizó el autor del epígrafe que acompaña al texto) fue que era “tanto, tanto, tantísimo” lo que tendría que leer para obtener los títulos aquellos a lo largo de un total de dieciséis años que, simplemente, no podía darme el lujo de involucrarme en otras cosas sobre las cuales yo sabía que no iban a preguntarme jamás: a pesar de todos los cursos que llegué a tomar durante esa época, una buena parte en el campo de la literatura francesa, nadie nunca mencionó a Simone Weil para nada. Inaudito pero cierto, y ello a pesar de que -no cabe duda alguna en mi conciencia- Wayne State University fue, y es, una excelentísima universidad, justo en el centro de la urbe industrial que pusiera a grandes porciones del mundo a circular sobre ruedas: una ciudad hoy en vías de convertirse en otra cosa, entre ruinas y campo abierto; un espacio socio-cultural que se abre a la posibilidad de volver a ser verde, de producir alimentos, al menos para lo que queda de esa población cada vez más heterogénea que no alcanza ya ni a la mitad de lo que era cuando yo transitaba, residía, vivía (y moría) allí.

Pero esto podría ser sólo parte de la explicación de cómo pudieron pasar tantos años durante los cuales jamás dejé yo de hablar de ella, de “alucinarla”, sin haberla leído todavía y ¿resistiéndome? a hacerlo (porque el caso es que sí encontré tiempo para leer buena parte de los escritores del Boom, sobre los que tampoco me iban a preguntar…). La explicación de “consenso especial” –continuando con el Don Juan de la saga castanediense-, la encuentro en aquello que Simone Weil dijo sobre su propia vivencia en relación con la lectura de los místicos, a quienes no conocería sino hasta después de la propia, inusitada, “hecatombe”. A San Francisco sí lo conoció antes y, al igual que André Breton -cuyo “surrealismo” rechazaba inclusive con indignación-, lo consideraba su “santo mayor”. Ella alude a los místicos españoles en particular, y siente que ha sido providencialmente protegida de leerlos antes de que la propia gnosis -el conocimiento directo y sin intermediarios- validara, de por sí, lo ocurrido: para que no pudiera quedarle la más leve duda de que se trataba de algo auténtico y no simplemente inducido bajo “sugestión” de sus lecturas: para poder, en fin, confirmarse como testigo fiel, imparcial.

Por mi parte creo que, si bien mi explicación “racional” de esa sorprendente falta de contacto directo con el pensamiento weileano no puede ser descartada como válida, existe otra dimensión desde la cual explicar el hecho de no haber llegado a leerla hasta el momento mismo en que, al fin, lo hice. Las experiencias y los experimentos de los años sesenta que pude vivir en el corazón de la gran urbe industrial serían, sin duda, la parte más importante de esa preparación necesaria para que mis primeras lecturas de Simone Weil no cayeran en un campo poco propicio para el más pleno desarrollo: para que lograran “echar raíz” en un terreno lo suficientemente fértil como para afianzar su mayor plenitud.

*“Solamente si se ama la tierra con pasión inflexible puede uno liberarse de la tristeza”, dijo don Juan: “Un guerrero siempre está alegre porque su amor es inalterable y su ser amado, la Tierra, lo abraza y le regala cosas inconcebibles. La tristeza pertenece solo a esos que odian al mismo ser que les da asilo,”   Don Juan Matus en Relatos de Poder de Carlos Castaneda.

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“La noche que cambió mi idea del mundo”...  Una idea de esa noche aparece también aquí:  http://mama-doc.com/index.php?option=com_content&view=article&id=22:la-noche-que-me-cambio-mi-idea-del-mundo&catid=11:cuadernos-esp&Itemid=14 

 

 

Last Updated on Thursday, 17 July 2014 16:31